La Comisión Interamericana de Derechos Humanos debe desaparecer (leer hasta el final)

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Emilio Álvarez Icaza, Secretario Ejecutivo de la CIDH

Por: Álvaro Francisco Amaya

Miembro Fundador de la Academia Colombiana de Derecho Internacional

Profesor de Derecho Internacional Público – Pontificia Universidad Javeriana

Claro y firme es el mensaje: la Comisión Interamericana de Derechos Humanos debe desaparecer. Esta semana en Washington D.C. he podido apreciar de primera mano la controversia generada por el anuncio de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos respecto de la profunda crisis financiera que esta atraviesa. Esta situación ha sido claramente descrita por la propia CIDH y por analistas especializados como Camilo Sánchez. Sin embargo, las dificultades financieras de la Comisión (y del Sistema Interamericano en general) no son ninguna novedad. Para el año 2009 advertíamos ya con Juana Acosta la necesidad de garantizar la estabilidad financiera del Sistema, toda vez que “entregarle a los órganos del Sistema suficiencia económica para el desarrollo de sus funciones, redunda no sólo en una mayor eficacia en la protección, sino también en el fortalecimiento de la legitimación de las decisiones, toda vez que con ello se garantiza la plena autonomía administrativa y financiera del Sistema” (Acosta & Amaya, Controversias procesales …, pg.32).

Años tras año, tanto el Secretario Ejecutivo de la Comisión y el Secretario de la Corte han descrito en su informe anual ante la Asamblea de la OEA las limitaciones y dificultades financieras y la forma como ello obstaculiza el efectivo ejercicio de su mandato. Sin embargo, el presupuesto del Fondo Regular de la organización destinado al Sistema Interamericano no se ha modificado de acuerdo a las necesidades evidentes. Quizá algunos lectores desprevenidos han leído esta semana el llamado de emergencia expresado por la CIDH, ya que la situación llegó al punto de tener que cancelar la celebración de dos periodos de sesiones de audiencias este año y la inminente no renovación de los contratos de decenas de asesores de la Comisión en las próximas semanas. Quizá muchos de esos lectores no comprendan el porqué de la preocupación. Quizá muchos ni siquiera sabían de la existencia de la Comisión y seguramente la olvidarán a la vuelta de unos días o semanas.

Con quienes he tenido la oportunidad (apreciada a veces, seguramente incomprendida y despreciada en otras) de compartir mis percepciones y experiencia de litigio ante el Sistema Interamericano, quizá recuerden valoraciones positivas, así como las criticas respetuosas y profundas que he realizado de cara a garantizar el fin último de la Comisión: su extinción. Si, lo reitero, el objetivo principal de la CIDH es el de su propia extinción. Permítanme elaborar un poco más al respecto. Los derechos humanos pretenden hacer realidad el desarrollo libre de los individuos en la sociedad, y por tanto garantizar las condiciones mínimas para que todos tengamos dicha opción. De esta forma, las organizaciones de la sociedad civil, las instituciones públicas nacionales y los propios órganos internacionales de protección de los derechos humanos, existen y subsisten en tanto que la protección y garantía de los derechos humanos se encuentra en riesgo. Es decir, su razón fundamental, su causa, se explica por la privación, negación o transgresión de esos mínimos que posibilitan el actuar libre de hombres y mujeres en sociedad. Las sociedades de nuestro hemisferio, como todas los demás, enfrentan múltiples retos para asegurar un mínimo de dignidad a las personas. A pesar de la fragilidad de los sistemas políticos en el continente, la OEA y sus miembros persisten en respaldar la democracia y el estado de derecho como apuesta fundamental para potenciar la protección de los derechos y el bienestar de los americanos. No obstante, los desafíos son enormes, y los individuos se ven enfrentados a múltiples obstáculos para alcanzar una existencia libre. Son estas dificultades las que justifican el trabajo de las ONGs, de los órganos gubernamentales e internacionales.

De esta manera, toda organización que tenga como objetivo la realización de los derechos humanos debe proponerse desaparecer. Así, las organizaciones públicas y privadas de inclusión de personas con discapacidad -como me enseñó uno de sus admirables líderes, Juan Pablo Salazar- deberán acabarse por cuenta que las personas con discapacidad puedan acceder a educación y puestos de trabajo, al transporte público o privado, a hacer mercado, administrar sus bienes, a la par que una persona sin discapacidad. Igualmente, quienes procuran la igualdad de género tendrán que buscar nuevos horizontes el día que las mujeres tengan salarios igualitarios, puedan tener hijos sin el temor de perder la vida en el intento o no sigan siendo responsabilizadas por las agresiones sexuales cometidas sobre ellas. De la misma manera, las asociaciones de víctimas serán un capítulo en los libros de historia cuando la violencia armada y la represión se extingan para siempre como forma de solución de conflictos en nuestras sociedades. En este mismo sentido, las instancias que promueven el respeto por los derechos de los pueblos indigenas, raizales, tribales, y demás culturas que alimentan con valores y tradiciones nuestro variopinto y enriquecido continente, perderán todo sentido cuando se les reconozca y se les proteja en la realidad. Sin embargo, nada de esto a sucedido aún.

Es así como, la Comisión Interamericana debe desaparecer, pero no hoy, no así. El camino que tenemos por recorrer en materia de derechos humanos en el hemisferio es arduo y dispendioso, y necesita de liderazgos -personales e institucionales- que acompañen la realización de los derechos humanos como objetivo político que se trazaron los países del continente al asociarse en la OEA. Precisamente, los miembros de la OEA estarán reunidos en Santo Domingo, República Dominicana, en Asamblea General del próximo 13 al 15 de junio, y será una nueva oportunidad para que se evalúen y se adopten las medidas necesarias para garantizar la labor de la Comisión  Interamericana (y también de la Corte Interamericana) en nuestro hemisferio. Sin embargo, debemos acompañar este momento, aportando ideas o estrategias para que ello sea posible, y que no solo persista la labor de la CIDH, sino que esta se fortalezca. De mi parte seguiré resaltando dicha labor y presentando las criticas constructivas las cuales humildemente pretenden contribuir al robustecimiento y legitimación continua del Sistema.

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